Los cuentos de la abuela bajo la lámpara
La casa de la abuela siempre olía a canela y pan recién horneado. Sus paredes guardaban secretos de muchos años, y cada rincón parecía tener una historia. Pero lo más especial ocurría cuando el sol se despedía y la noche vestía el cielo con su manto de estrellas.
En medio de la sala, sobre una mesa pequeña, la abuela encendía su lámpara de luz amarilla. No era una lámpara cualquiera… parecía que, cuando brillaba, la habitación se llenaba de un polvo dorado que flotaba en el aire.
Los nietos, uno a uno, llegábamos corriendo. Nos sentábamos en el suelo, mientras la abuela acomodaba sus lentes en la punta de la nariz y sonreía como si estuviera a punto de revelar un secreto importante.
—Hoy —decía con voz suave— viajaremos más lejos que nunca.
Y así comenzaba la magia.
No leía de ningún libro. No había papeles ni letras. Todo salía de su imaginación. Cerraba los ojos por un segundo, como quien busca una llave escondida, y de pronto sus palabras abrían puertas invisibles.
Nos llevaba a castillos de cristal que flotaban sobre nubes, a selvas donde los tigres jugaban a las escondidas, a mares que cantaban canciones para dormir a los peces. Había brujas que tejían bufandas con hilos de arcoíris, niños que volaban con alas de papel, y ríos que sabían guardar secretos.
A veces, el viento de la noche se colaba por la ventana, y todos sentíamos que era un dragón respirando cerca. O el crujido de la madera bajo nuestros pies se convertía en los pasos de un gigante curioso.
La abuela tenía un poder: sus cuentos no terminaban cuando ella dejaba de hablar.
Quedaban flotando en nuestra mente, como burbujas de luz que explotaban en sueños cuando dormíamos.
Cuando el último bostezo llegaba y la lámpara se apagaba, regresábamos al mundo real… pero en el fondo sabíamos que la magia estaba ahí, esperándonos para la próxima noche
Y hasta hoy, cada vez que huelo canela o veo una lámpara encendida en una noche tranquila, siento que la voz de la abuela está a punto de volver a contarnos otro viaje… de esos que no se olvidan nunca.
PD. Ella se llamaba como yo...

Comentarios
Publicar un comentario